Muchas veces he recibido mails de lectores o de personas que han tenido consultas personales conmigo, contándome como ha seguido su vida, por lo general con muy buenas noticias.

Ayer recibí uno de esos mails de una persona del exterior y en esta oportunidad, contando por supuesto con el permiso de quien me lo envió y quitando algún que otro párrafo para preservar de toda formas su identidad, quiero compartirlo con ustedes, dado que considero que puede ser una muy buena inyección de fuerza y esperanza para las personas que están pasando un mal momento.

Dice así:

“Estimado Fabio:

 Sé que hay miles de hombres que te escriben y que no tienes que acordarte de todos. Pero te escribo igual porque pienso que quizás resulte reconfortante para ti saber que tus libros y consejos han sido de enorme utilidad en mi vida. Hace año y medio que me topé con ellos buscando desesperadamente recuperar a la novia que se había ido, para comprender que lo que en verdad necesitaba era recuperarme yo. Que en alguna parte del camino (que con algún esfuerzo podía ubicar para saber bien cuándo y cómo uno se puede volver un idiota) me había extraviado de mí mismo.

Por aquel entonces estaba realmente destruido. Moral y emocionalmente destruido, sumado eso a las dificultades económicas y laborales. Me sentía débil y hasta incluso inferior que la susodicha. Empecé a darme cuenta cuánto la había empoderado, porque incluso hablarme por teléfono o verla en persona, causaba una conmoción extraordinaria en mí, como si se tratase de un ser de otro planeta o una diosa.  

Pero pasaron los meses y, junto a tus consejos poco a poco me fui sintiendo más seguro. Y a medida que eso sucedía, empezaban cambios muy importantes en lo profesional. 
En lo sentimental me fue yendo cada vez mejor. Conocí varias chicas, de distintas edades: yo tengo 44 y he salido con chicas desde 23 años hasta 50. Chicas lindas, inteligentes como me gustan, pero yo no estaba interesado aún en entablar una relación propiamente dicha hasta que no sintiera que era la persona indicada. Fui honesto con todas, y apliqué cada una de las instrucciones que das en tus libros. Un éxito. Amor propio por sobre todo, sin que eso me convierta en un patán. Mis cuatro lemas fueron y son: “No manipulación, hago lo que quiero; no culpabilidad, me siento libre; no maternalismo, soy independiente; no maltrato, me hago respetar”.

En verdad, Fabio, no sabes cuánto me ayudó conocer tus libros. Con cada una empecé, aunque suene feo, una suerte de “experimentación”, que me ayudó a recordar cómo se debe comportar un hombre de verdad. Yo lo sabía, pero me dejé arrastrar por ideas erróneas en cuanto al amor, influenciadas casi todas por el feminismo. Y el temor, ese vicio que nos consume y traiciona. Reaprendí a decir “no”. A establecer lo que quiero y lo que no. A no depender de nadie. A desenvolverme con soltura, con confianza, con hombría. Y finalmente, pude reencontrarme y tener paz.

No sabes lo placentero que llegó a ser para mí –y es– llegar a mi casa, apagar mis luces, poner o no alguna música, y quedarme feliz conmigo mismo. Cómodo con mi propia y sola presencia. He llegado a pasar así veinticuatro horas enteras y desear pasar el resto de mi vida de esa manera, claro que sin poder hacerlo porque hay trabajo, etcétera. Llegué a sentir la felicidad de no necesitar nada más que a mí mismo, a solas con Dios. A través del dolor, pude reaprender lo que nunca debemos olvidar: solos vinimos, solos nos iremos. Y no hay drama en eso.

Fue entonces que conocí a mi actual novia. Comenzamos a salir. Congeniamos, charlamos mucho, de muchas cosas. Es diez años menor, una mujer inteligente y aguda, bonita y con clase. En fin. Me gustó. Luego las cosas se fueron poniendo más interesantes, buen sexo, muy compatible y sin rollos. Yo me seguía resistiendo a una relación y ahí empecé a conocer más vívidamente muchas de las cosas que dices en tu libro.

Hoy tengo a mi lado a una mujer que me ama como soy.

Hoy esta mujer me cuida, aunque solo lo que yo le permito porque yo no necesito cuidados, me sé valer por mí mismo. Hoy esta mujer me respeta, porque la respeto y me hago respetar,  sería interminable las maneras en que esto se aplica. Y cuando miro atrás y veo ese remedo de hombre en que permití convertirme cuando estuve con aquella mujer, me da vergüenza en verdad. Lamentable, algo que no he vuelto ni volveré a permitirme jamás.

Un amigo en común e contó de mi ex. Que estaba furiosa porque tenía novia. Que decía que yo le había prometido esperarla. “Me estás bromeando, ¿no?”, le dije. “No, no bromeo, ella dice esas cosas. Anda preguntando si es verdad que te vas a casar”.

Hace un año y medio atrás habría salido como un rayo a hablar con ella, habría tartamudeado, tratado de explicar, excusarme, qué se yo: las reacciones de quien todavía está afectado. Pero la vida me dio un vuelco, ese derrotado que ella dejó porque tal vez no tendría futuro ahora tiene otros horizontes y hay éxito. Así que todo lo que le dije fue: “Tu que eres su amigo, ¿no podrías hacerle un favor y decirle que no sea conchuda?”, no lo dije molesto, sino tan extrañado como si alguien me hubiera propuesto regalarle todo mi sueldo porque él lo necesita más. 

Siguió contándome que le iba mal con el tipo con el que está, que las cosas ahora son al revés, que la están tratando como ella me trató a mí, que el tipo le ha puesto los cuernos, que ella dice que me quiere y siempre me querrá… todo ese arsenal de asuntos. Iba manejando, escuché sin alterarme y respondí: “ es lo que ella eligió. Por mi parte, la verdad es que hace tiempo me di cuenta de que ella no es la clase de persona que yo pensé que era. No me alegra que le vaya mal, pero tampoco me entristece. Ojalá que lo que está viviendo le sirva de lección y en sus futuras relaciones no actúe de la manera que actuó conmigo. Pero eso ya para mí es historia del pasado. Yo ahora estoy plenamente feliz y ya no le encuentro sentido a hablar media palabra más sobre esto”.

La verdad, sí sentí un poco de satisfacción: es humano ¿no? Inmediatamente me recriminé por haberlo pensado o sentido, pero no por ella, sino por mí: no necesito esos sentimientos. Estoy, en verdad, muy feliz y agradecido. No quería dejar pasar la ocasión de compartir contigo todo este periplo y de lo mucho que me sirvieron tus consejos. De lo mucho que me sirve saber y vivir que no se trata de amar menos sino de amarse a uno mismo en la misma medida. Y lo prodigioso que es reestablecer ese equilibrio. Cómo eso hace que todo se vuelva a acomodar, claro que si tenemos la lección viva en la retina, nos ayuda a aprender de los errores.

Gracias, Fabio, de veras estoy muy agradecido.

Dios te bendiga y guarde”.

Y bueno…lo primero que me salió decir fue…

…VAAAAAAAMOOO NENEEEEEEEEE!!!! 

Fuerza y ánimo para todos….que se puede!!

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